
Nueve de la mañana y Karlita todavía en casa. Ese día comenzaban sus estudios en la universidad, asunto que no le entusiasmaba mucho porque jamás ha sido fanática de los libros, razón por la cual debía llegar temprano a fin de causar buena impresión a los profesores y compañeros, tal y como recomendaron sus padres. Pero ella, cual digna exponente de la superficialidad femenina, consumió el tiempo en la selección del vestuario y en la rutina matutina de maquillaje, en vez de apresurarse.
Después de cambiarse cinco veces la ropa, verse diez veces en el espejo y darse los últimos retoques, decidió salir. Tomó las llaves de su automóvil, la cartera, el celular, su chaqueta de cuero y, por último, un cuaderno. Se despidió de Candy, la perrita coqueta de mamá, e ingresó al carro para arrancar a toda velocidad y así entrar a la primera clase, la cual seguramente había empezado hace rato.
Pero las cosas se complicaron. Lo que menos imaginó que sucedería, ocurrió: el carro no quiso prender. Su estado de ánimo cambió drásticamente y los apellidos se cruzaron en ese momento, desatando un torbellino emocional. Enfurecida se bajó, lanzó la puerta, pateó el caucho trasero con el tacón derecho y llamó a su querido padre para que la auxiliara. Lamentablemente el número que marcó estaba fuera del área de cobertura. ¡Maldita sea!, dijo para sí misma.
Ese detallito le produjo arrechera elevada a la máxima potencia. Sin la ayuda de su papá se sentía desamparada y el solo hecho de imaginarse llegando en taxi a la universidad le causaba escalofríos; así que- sin pensarlo mucho- tomó la firme decisión de no ir a la universidad y resolver , a su manera, el grave inconveniente del carro.
Entró a la casa, revisó las páginas amarillas y le “echó un ring” al primer mecánico que apareció en la sección automotriz. Cuarenta y cinco minutos después, el experto en reparación vehicular a domicilio estaba tocando la puerta, con caja de herramienta en mano y su respectiva braga de faena. Karlita, suponiendo que se trataba de un mecánico gordo, baboso y hediondo a grasa, abrió con desprecio y, casi sin mirarlo, le condujo directamente hacia el garaje de la casa para evitar que el individuo pisara la sala principal y dejara el ambiente impregnado del olor a sudor de camionero.
Una vez en el garaje, se percató del estado físico del mecánico. Aquel joven, aunque algo desaliñado, resultó ser muy distinto al estereotipo del mecánico ordinario. Brazos fuertes, piel morena y unos glúteos bien firmes, fueron los atributos masculinos que cautivaron a Karlita, luego del respectivo escaneo vertical. Por consiguiente, más rápido que inmediatamente, encendió su maquinaria de seducción para obtener, como mínimo, un cambio de aceite gratis.
Ella no pretendía un noviazgo y mucho menos un compromiso formal, no con un hombre así. Sus expectativas eran otras, en ese instante únicamente buscaba un desliz, una aventura que le dejara buen sabor de boca. Porque, a fin de cuentas, “toda dama de la alta sociedad, aunque sea una vez en la vida, debe sentir la pasión desenfrenada del proletariado”, pensaba ella.
El mecánico no fue indiferente al coqueteo desmesurado de la sofisticada clienta. Entendió las insinuaciones y respondió a éstas como un animal desbocado. Con las manos sucias y el cuerpo sudado, se abalanzó sobre la delgada – pero bien formada- Karlita para comprobarle su experiencia en lavado, engrase y lubricación de los distintos componente de la carrocería femenina.
La recostó al capó del carro y empezó con el respectivo tanteo. Le metió mano a toda la maquinaria para palpar las zonas que requerían mayor asistencia técnica. Encontró todas las piezas en su santo lugar, aunque el motor echaba humo sin parar, a causa de la alta temperatura de los cuerpos en contacto. Revisó los fluidos, la batería y el sistema eléctrico. Le apretó algunas tuercas e inspeccionó las correas.
Karlita, totalmente entregada a la mecánica automotriz, hizo su parte. A pesar de desconocer las tareas de un mecánico, actuó como una verdadera experta. Lo primero que se le vino a la mente fue chequear el tubo de escape, las partes del eje y las bujías (para estar segura de que no estuviesen enchumbadas). Echó un vistazo al funcionamiento de la manguera, el arranque y la transmisión manual, para luego también verificar el sistema de fluidos (nivel y fugas).
Él, tomando el control de la situación, la volteó de sopetón sobre el mismo capó, quedando ella de espalda a su anatomía. Despojándola del pantalón y tomándola por la cintura, procedió a medir el aceite, lubricar cerraduras y bisagras, limpiar filtro de aire y descargar combustible en el tanque. Ella se dejó hacer todo el servicio de los 5.000 kilómetros sin protestar, inclusive el engrase del eje propulsor.
Como todo buen servicio postventa, el mecánico culminó su labor con euforia para garantizar la satisfacción de la clienta. Una vez acabado el mantenimiento, solicitó la cancelación de la mano de obra, así como el recargo por ser asistencia a domicilio. Asombrada por la cultura mercantilista del mecánico, Karlita pagó lo solicitado y exigió garantía, además de una tarjetita por si acaso necesitaba nuevamente al técnico.
Desde esa vez, Karlita recurre- cada cierto tiempo- al susodicho para reparar cualquier desperfecto del automóvil y examinar sus partes automotrices. Porque un cliente contento, es un cliente seguro. Y al parecer, ese fue el lema puesto en práctica por el mecánico, quien – además de osadía y descaro- demostró saber que al cliente hay que darle lo que pida. ¡Vaya que lo supo!
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Después de haber recorrido gran parte de Europa, incluyendo países como Italia, Inglaterra, Dinamarca, Austria y Suiza, Karlita llegó a Alemania. Al pisar tierras germanas quedó enamorada de su clima templado, húmeda atmósfera, amplios bosques de madera y conífera, infraestructura de gran escala, desarrollo económico, y – sobre todo- de los especímenes masculinos que allí habitan.
Y es que durante su travesía por el viejo continente, Karlita no desaprovechó la oportunidad para bucear descaradamente y enredarse con cuanto hombre se atravesó en el camino. En Italia, por ejemplo, conoció a Filippo, un hijito de mamá. El italiano en cuestión poseía la apariencia de un modelo de revista, pero venía con cordón umbilical incluido. Es decir, padecía mamitis crónica, lo cual desencantó inmediatamente a Karlita.
En Inglaterra se topó con Frank, un diplomático culto, sofisticado, bien vestido y amante de los vinos. El hombre parecía el partido perfecto. Sociable, complaciente y sensible, todo lo que una mujer supuestamente espera encontrar. Únicamente tenía un defectito que olvidó comentar en su presentación: sufría de impotencia sexual.
Decepcionada del inglés continuó su viaje. En Suiza consiguió refugio en los brazos de Joseph, un tipo aparentemente inocente y de buenos sentimientos. Aparentemente porque resultó ser un doble cara. El suizo en el fondo era un chulo profesional. Comenzó pagando la mitad de la cuenta, luego soltó la célebre frase “se me quedó la tarjeta en casa, paga tú mi vida”, para terminar pidiendo prestado. En pocos días Joseph pretendió apoderarse de la cartera/chequera de Karlita, haciendo gala de sus destrezas seductoras. Un prototipo peligroso y caradura, de quien ella huyó sin despedirse.
Debido a esos nefastos episodios, Karlita arribó a Alemania con muchas expectativas. Deseaba vivir una aventura amorosa digna de recordar y contar a sus amigas. Así que, sin esperar mucho, empezó a dejarse ver por las calles, cafés y discotecas. Como buena exponente latina, su apariencia capturaba miradas por doquier. Su encanto femenino sedujo a muchos jóvenes alemanes y a varias alemanas indefinidas. Pero ella ni pendiente. Siguió su cacería hasta que encontró a Hans, un militar retirado de aproximadamente 52 años.
La experiencia y las canas despertaron el interés de Karlita, quien no escatimó esfuerzos a la hora de coquetear. El ex militar supo adivinar las intenciones de la “chiquilla latina”, así que se hizo desear. Con actitud prepotente e intimidante seriedad, ignoró un buen rato a su atacante. Ella, ni boba ni perezosa, agudizó sus tácticas y activó un plan que derribaría cualquier obstáculo, igual o más difícil de tumbar que el Muro de Berlín.
La insistencia dio resultado. Luego de varios intentos fallidos, Karlita se acercó a su presa y con sus poderosas armas (insinuante escote, labios brillosos, mirada penetrante y un tumbao de caderas enloquecedor) la atrapó como si fuese un conejo indefenso. O eso pensó ella en aquel momento.
Hans la llevó a su departamento. Ella, fascinada, se dejó conducir hasta el aposento. Una vez adentro, el combate no se hizo esperar. A pesar de no entenderse mucho, por hablar distintos idiomas, el lenguaje corporal sirvió como canal de comunicación entre los efervescentes amantes.
Él demostró su veteranía en materia de sexo. Imponente y presumido no dejó que ella asumiera el control en ningún momento. Su actitud posesiva excitó a Karlita, ya que nunca antes se había sentido poseída y dominada por la fuerza de un verdadero hombre. Sin darse cuenta los papeles se invirtieron, de cazadora pasó a ser la presa y este intercambio de roles fue el detonante principal de una jornada sexual aguerrida y sin treguas.
Por segundos Karlita pensó en agitar la bandera de la paz para dar fin a la guerra entre sábanas, mas no lo hizo, a pesar del cansancio que sentía. A Hans no le importó su agotamiento, continuó en lo suyo, derrochando virilidad y potencia.
Al concluir su quinto polvo, se levantó de la cama sin decir nada. Karlita, extenuada, lo esperó pensando que traería algo para comer o beber. No fue así. Hans apareció ataviado con el uniforme de la milicia alemana, una mordaza en la mano izquierda y unas esposas en la derecha. Karlita, sorprendida por la presencia de los extraños accesorios, expresó su desconcierto con un gesto facial y de inmediato dejó la cama para asumir su mejor posición defensiva.
El prepotente amante de turno no sucumbió ante la reacción de la jovencita. Hans, con la misma arrogancia que exhibió al principio, se mantuvo impávido. Dijo- con entonación fuerte y atemorizante- varias frases en alemán y se abalanzó sobre ella para sujetarla, someterla y continuar con la penetración.
Con semejante humanidad encima Karlita no podía moverse. Aterrada por el ímpetu animal del hombre, comenzó a golpearlo para zafarse de aquella trampa. Hans estaba como poseído. Quería hacerla suya a la fuerza para gozar con el sufrimiento ajeno y disfrutar el placer que provoca el autoritarismo. Anhelaba oírla gritar y suplicar perdón, eso le hacía sentirse más hombre. En aquel instante demostró ser quien realmente era: un sadomasoquista, torturador de mujeres.
Como pudo, Karlita tomó la lámpara que permanecía en la mesita de noche y la partió sobre la cabeza del victimario. Éste se desplomó, perdiendo toda fuerza. Entonces ella aprovechó para huir despavorida, no sin antes tomar sus pertenencias, las cuales habían sido adquiridas en una exclusiva boutique de Milán. Imposible que las dejara.
Pasado el susto y ya en el hotel, Karlita decidió adelantar su regreso. Había conseguido conocer Europa y vivir la experiencia sexual inolvidable que buscaba, protagonizada -lamentablemente, por un viejo alemán con espíritu Nazi. ¡Tremendo recuerdo! “Por lo menos tendré algo interesante que contar a mis amiguis”, pensó la descarriada.

Un boleto aéreo aguardaba en casa. Karlita no sospechaba que sus padres le habían programado un viaje a Europa como regalo de graduación. Al saberlo brincaría en un pie, pues ese tour era el sueño de su vida.
Efectivamente así pasó. La muy consentida lloró, saltó y gritó de la emoción. Por un breve instante perdió el glamour a consecuencia de la algarabía que invadió su corazón. Segundos después recuperó el buen gusto y la finura. Como niña de buena posición social agradeció serenamente a sus padres y se dispuso a llamar a sus amigas para presumir el obsequio.
Al cabo de varias horas su círculo social moría de la envidia. Los amigos del colegio, de la urbanización, del club y de la academia de modelaje sabían la noticia. Karlita estaba contenta por el viaje y satisfecha por haber generado comentarios por doquier. En eso consistía su vida.
Acomodar la ropa en la maleta fue una ardua tarea para ella, puesto que elegir lo estrictamente necesario nunca ha sido su fuerte. Sin embargo, luego de un día de indecisión, pudo seleccionar los mejores vestidos y abrigos que habitaban en el clóset, los cuales serían lucidos durante su travesía.
Con abrazos y besos fue despedida por familiares y amigos. Montada en el avión, miró por la ventana para percibir el ambiente y darse cuenta de lo mucho que la querían sus padres y amigos, a pesar de lo caprichosa y engreída que era en diversas ocasiones. Esos gestos de cariño doblegaron su frivolidad e hicieron brotar unas cuantas lágrimas de sus ojos. Un episodio de sentimentalismo que duró poco, debido a que fue interrumpido por la llegada de quien compartiría fila de asientos, un hombre llamado Luis Alberto.
La presencia masculina secó el lagrimeo y despertó las hormonas. El hombre en cuestión, de aproximadamente 30 años de edad, era dueño de negocios, un tipo emprendedor, centrado e intelectual. Con lentes, corbata y chaqueta, impactó a la chica fácil de una manera sin precedentes. La muy desvergonzada no aguantó la tentación y preparó su artimaña seductora: el mareo.
Después de varios “¿cómo te sientes?”, la química empezó a fluir entre ambos. Indirectas fueron y vinieron, sonrisas se dibujaron en los rostros de la parejita a cada rato. Piropos, elogios y frases extraídas de importantes obras literarias adornaron el lenguaje del conquistador. Ella, hipnotizada por el discurso poético del galán, cedió a sus encantos sin querer evitarlo.
Después de media hora de conversación y coqueteo, los recién conocidos sucumbieron ante el volcán de sensaciones que despertaba en ambos, así que aprovecharon el tedioso viaje para distraerse de una manera más interesante.
En un descuido de las aeromozas, Karlita se introdujo en el baño del avión. Minutos más tarde, Luis Alberto hizo lo mismo. Una vez adentro del pequeño e incómodo recinto, la lujuria buscó acomodo para encender los motores de un viaje bastante turbulento.
Él la tomó por la cintura para subirla encima del lavamanos. Ella rodeó con su piernas el cuerpo macizo del amante y con sus manos quitó los botones de la camisa. Con cierto desespero, Luis Alberto desnudó el pecho voluptuoso de Karlita y comenzó a devorarlo. Ella jadeaba de placer y, a la misma vez, desabrochaba el cinturón de su compañero de aventuras, hasta bajar completamente sus pantalones y la ropa interior.
Ya desnudos, cada uno puso a prueba sus conocimientos en materia sexual. Luis Alberto embistió sin temor alguno, Karlita no puso freno. Entre manoseos y besos, la temperatura incrementó. La erección del hombre sobrepasó las expectativas de Karlita y tanto asombro condujo su boca hacia el miembro masculino.
En ese momento, ninguno previó cerrar la puerta con seguro. Un error que pagaron caro porque, inmediatamente, una señora- acompañada por su hija pequeña- se acercó al baño para orinar, abrió la puerta y… ¡sorpresa! Encontró a la joven arrodillada frente al amante viajero, en plena acción.
Acto seguido, los gritos de la señora activaron la alarma de emergencia. Más de la mitad de los pasajeros fue a ver lo que sucedía, algunos asustados y otros motivados por la curiosidad. Karlita y compañía tuvieron que culminar el viaje apartados del resto, con la vergüenza tatuada en la frente y una multa que pagarían al llegar a su destino. Pero, sin duda, con la satisfacción de haber vivido una experiencia por todo lo alto.
¡Vaya viaje!

La noticia de la muerte de su ginecóloga fue sorpresiva. La doctora murió de un infarto fulminante y el suceso conmocionó a la alta sociedad. Las familias más distinguidas de la ciudad se dieron cita en el sepelio, acto realizado con más pomposidad que emotividad.
Casualmente, la semana del fallecimiento antecedía la cita ginecológica de Karlita, quien tuvo que afrontar la difícil decisión de buscar un nuevo médico que se especializase en enfermedades propias de la mujer. Complicada elección cuando se trata de una chica que nunca antes se ha mostrado desnuda ante otro galeno.
“Ni modo, esta vez toca”, pensó Karlita. Así que siguiendo las sugerencias de su mamá, contactó la cita con una nueva especialista, la misma que atendía a las amigas del club. Según las viejas encopetadas, la susodicha era una eminencia en ginecología; por lo tanto, Karlita acudió sin inquietud alguna.
Pero como la vida de una chica fácil no es tan sencilla, las cosas no sucedieron como estaban planificadas. El día de la consulta, un martes en la tarde, la doctora solicitó reposo porque padecía un resfriado matador. En consecuencia no acudió a su trabajo, sino que envió a un colega recién graduado. Un ginecólogo.
“¿Y ahora qué hago?”, se preguntó Karlita. Le tocaba desvestirse ante un hombre que jamás había visto, el mismo que le revisaría sus partes más íntimas. Un hombre que seguramente- suponía la jovencita- era viejo, sádico y baboso.
Por su mente revoloteó la idea de escapar, pero la pena se lo impidió. Con valentía entró al consultorio y se sentó frente al escritorio del médico, quien hablaba por teléfono, de espaldas a ella.
Al voltearse, el ginecólogo quedó prendado con la belleza de la paciente. Ella también resultó gratamente asombrada. El tipo no era el viejo cincuentón que conjeturó minutos antes. Cercano a los 30 años, él era alto, cabello oscuro y liso, bien parecido y corpulento. Un buen partido, como dirían las mujeres modernas.
El chip de instantaneidad se encendió. Karlita activó su circuito seductor y puso en marcha toda la maquinaria corporal para coquetear con el ginecólogo. Al cabo de media hora, la confianza había sobrepasado los límites de la moralidad. Ambos se encontraban desnudos sobre el escritorio, él encima de ella. Eran dos cuerpos fusionados por el ímpetu del momento.
Las manos de Karlita se aferraban al borde del mueble, mientras las del doctor ejercían presión para impulsar los movimientos anatómicos. Se escuchaban sólo gemidos y jadeos de cansancio, sin embargo la penetración no cesaba, era rápida y constante. Las otras mujeres que esperaban su turno empezaron a impacientarse. Mientras tanto, adentro dos amantes fortuitos ardían en el fuego de la lujuria.
De pronto la puerta sonó. Era la enfermera. Karlita y el médico apresuraron la movida, hasta alcanzar el más placentero clímax. Se separaron como pudieron, vistieron sus cuerpos y acomodaron el desastre que reinaba en el recinto. Acto seguido, abrieron la puerta con actitud sobria y ética, como si nada hubiera pasado. La enfermera entregó unas cuantas carpetas y salió, no sin antes señalar unas gotas blancas y de consistencia espesa que decoraban el piso. Restos de semen.
Un episodio bochornoso y poco glamoroso para Karlita. Pero ella, con actitud de diva, no sucumbió a la mirada acusadora de la enfermera y el resto de pacientes. A pesar de haber sido juzgada por las espectadoras, salió del lugar con la frente en alto y con la satisfacción maquillada en el rostro. Había logrado dos grandes hazañas en un mismo día: sentirse plena sexualmente y no cancelar la consulta (no con dinero).
Una mañana, como cualquier otra, despertó para ir al colegio. Después de combatir con la flojera matutina, Karla se levantó de la cama, estiró sus brazos y acción seguida, se miró en el espejo como era costumbre. Esta vez notó algo distinto. Sus ojos percibieron una extraordinaria transformación: senos grandes y redondos se dibujaron por debajo de su franelita, firmes glúteos realzaron su parte posterior e insinuantes curvas moldearon aquella bien formada humanidad. Karla ya era una mujer. ¡Y qué mujer!
La alegría se apoderó de su ser. El saberse hermosa y deseable incrementaba su ego y producía una euforia inexplicable. El hecho en cuestión era sinónimo de liderazgo social, una especie de arma femenina que acaba con la más aguerrida opositora.
Con semejante belleza, Karlita tenía asegurado el trono en la feroz competencia por los hombres. La letal combinación entre hermosura y sensualidad consolidó su cotización como fémina e incrementó el número de enamorados en su inventario personal.
Cercana a los 18 años, ya poseía un nutrido grupo de chicos en su lista de trofeos amorosos. Clasificaba sus conquistas y una vez que éstas pasaban a la historia, ingresaban – automáticamente y con membresía exclusiva- al club de los “ex”, conformado por Mauricio, Julián, Antonio, Miguel, Rodrigo y Marcos.
A pesar de tener en su haber un nutrido grupo de muchachos, Karlita jamás sintió la necesidad de ir más allá con ninguno de los mencionados. Se mantuvo pura y virginal hasta la llegada de Sergio, el supuesto príncipe azul, hombre que la hizo mujer y de quien se enamoró perdidamente.
Con pasión y desenfreno hizo todo lo posible para conquistarlo, hasta que logró su cometido. Iniciaron su relación a la semana de conocerse y salieron un par de veces antes de acostarse.
El día que antecedió al gran acontecimiento (entiéndase, primera vez), Karlita se preparó física y psicológicamente para afrontar el reto de satisfacer a un hombre en la cama. Compró ropa interior nueva y sexy, concertó una cita para depilar sus partes íntimas, arregló sus manos y pies, alquiló un par de películas eróticas y repasó los consejos de la revista Cosmopolitan.
También ensayó los gemidos y movimientos pélvicos que volverían loco al hombre de sus sueños. Seleccionó música adecuada para la velada y encargó el menú más exquisito para causar buena impresión. El vestido de esa noche fue el más costoso que encontró en la boutique y su maquillaje, impecablemente seductor, fue el producto de horas en la peluquería. Entre tantas banalidades, la pobre ilusa sólo anhelaba ver entrar a su príncipe y escuchar, como un sutil susurro, la frase TE AMO.
Estaba nerviosa, era imposible ocultarlo. Trataba de disimular con una actitud pícara, pero su mirada la delataba. Sergio llegó a la hora acordada. En sus manos no había flores ni bombones, únicamente el movimiento ansioso de sus dedos ávidos por acariciar la virginal piel de Karla. Ella esperaba detalles de romanticismo, gestos que la hicieran suspirar. Para su decepción, no los hubo.
El hombre actuó de manera mecanizada: besos, caricias, apretones y cama. La comida no fue probada por ninguno. El deseo controló el momento y la efervescencia hormonal fue el motor de las acciones. Vivieron una noche de puro sexo, sin una pizca de sentimiento.
Al acabar su faena, Sergio se desplomó a un lado de Karla, sudado y agotado. Ella esperaba algo más, algún elogio, un tierno piropo o una bonita oración. Se quedó esperando toda la noche por las lindas palabras que el silencio arropó. La desilusión no le permitió conciliar el sueño, pasó la noche despierta y no tuvo más opción que contemplar los ronquidos de su compañero de cuarto.
Aquella vivencia le hizo analizar la consumación del acto sexual y concluir que “EL VALOR DE SER TODA UNA MUJER, CON ORGASMO INCLUIDO, ES DIRECTAMENTE PROPORCIONAL A LA TORTURA CAUSADA POR UN MARATÓN DE RONQUIDOS”.

