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Y mi jefa últimamente me la ha visto. Ella debe creer que soy pendejo, que como mocos o que nací ayer. Para su desgracia, ninguna de las anteriores opciones es cierta. Soy medio caído de la mata para algunas vainas, para otras me hago el autista, pero por lo general estoy siempre prevenido y con las parabólicas encendidas. No se me escapa una.
El último embuste se lo descubrí ayer. Hace varias semanas atrás me postularon para un curso de “comunicación y trabajo en equipo”. La fecha del curso coincidió con el mes aniversario de la corporación para la cual trabajo. Ella (mi jefa), muy vivaracha, prefirió no enviarme al curso y así tenerme en la agencia para que terminara un fulano boletín corporativo y cumpliera con el resto de mis obligaciones. La excusa que inventó para no mandarme – y quedar bien- fue la (supuesta) suspensión del curso.
Resulta y acontece que ayer estuvo en la oficina una representante del Dpto. de Recursos Humanos para planificar los nuevos cursos de capacitación dirigidos al personal de la agencia. Su visita sirvió para conocer la realidad de todo el asunto. El famoso curso de “comunicación y trabajo en equipo” no fue suspendido, se llevó a cabo tal cual estaba planificado. El cuento de la suspensión lo creó mi JEFA para que yo no asistiera. Tan avispada ¿no?
No me molesta perder el curso, por lo general son simples talleres de autoayuda y superación personal. Lo que me enfurece es la mentira tan descarada que me dijo la jefecita. Que vaya a mentirle a su abuela pana, porque conmigo esa metodología no va. De ahora en adelante no le creeré ni el Padre Nuestro, así lo rece arrodillada.
La nota graciosa del hecho es que la pobre, una vez más, demostró no saber mentir. Así como gerencia, así miente: malísimo. Debería hacer un cursito.
PUNTO Y FINAL.
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Me sucedió hace poco. Al salir del trabajo me dirigí al Farmatodo más cercano (adoro ir a Farmatodo) para comprar artículos de higiene personal, aprovechando que la tarjeta TodoTicket estaba – supuestamente- “llenita” de dinero.
Con una sonrisa en el rostro, deambulé por los pasillos del mencionado local hasta conseguir todo lo que necesitaba: repuestos para la máquina de afeitar, crema de afeitar, champú, desodorante, ambientador para el cuarto e hisopos. También compré un paquete de pan y un refresco para la cena de ese día.
Muy orgulloso de la “megacompra” que hice, caminé hasta la caja para pagar. Allí me informaron el monto total a cancelar, Bs.170. Aunque no lo crean, gasté casi Bs. 200 en cinco tonterías para el cuidado personal. Definitivamente, andar limpio en este país es un lujo.
Pero el problema no fue el precio de la compra, pues estoy acostumbrado a la especulación venezolana. El conflicto se armó cuando entrego mi tarjeta TodoTicket para cancelar y aparece la frase SALDO INSUFICIENTE en la máquina registradora.
%&·$%”&·/·$ fue lo primero que dije. No comprendía por qué, si la tarjeta estaba enterita, no cubría el monto. Sin embargo rápidamente comprendí que aquel instante no era para formular interrogantes sin respuestas, sólo importaba buscar la manera de pagar antes que el cajero gritara ¡NETX!
Revisé los bolsillos y el bolso, esperando encontrar efectivo suficiente, pero nada. La gente empezaba a mirarme como señalando al ABUSADOR y la impciencia comenzaba a dibujarse en el rostro del cajero. Para salir del apuro, usé el comodín de la tarjeta de débito y así pude saldar la deuda. ¡Qué arrechera! Uno va mentalizado en usar la TodoTicket para no gastar dinero de las cuentas bancarias y todo resulta al revés.
Todavía no entiendo. Cómo es posible que me joda trabajando veintitantos días al mes y reciba una miseria de bono alimentario que no alcanza ni para adquirir jabón y papel higiénico. ¿Así quieren que uno se case y mantenga un hogar? JA JA JA, triste realidad.
