
Desconozco si existe alguna razón contundente para ello, lo cierto es que en la historia de las letras abundan los casos de escritores suicidas. ¿Será que tanta sensibilidad artística provoca depresión y desesperanza? Vuelvo y repito, no lo sé. Lo extraño del asunto es que son muchos los escritores que han acabado con sus vidas y ese fenómeno es motivo de alarma. Héctor Abad Faciolince, escritor colombiano, analiza -a través de un reportaje bastante completo- qué ha significado el suicidio para muchas figuras de la literatura.
Como me interesa la escritura (mas no el suicidio, aclaro), copio casi textualmente el reportaje del mencionado autor. Me atreví a resumir y/o editar algunos párrafos por cuestiones de espacio, pero dejo en este “post” la esencia del contenido. Lo recomiendo.
¿POR QUÉ SE MATA UN ESCRITOR?
HÉCTOR ABAD FACIOLINCE
Se dice, con más razón que sorna, que el único riesgo profesional de los poetas es el suicidio. No sé si hay estadísticas, pero tengo la impresión de que los escritores se suicidan más, proporcionalmente, que los mortales de otras profesiones. Si hago un rápido censo mental, muchos nombres se me vienen a la mente desde la antigüedad hasta hoy, mujeres y hombres: Safo, Lucrecio, Séneca, Silva, Larra, Woolf, Salgari, Trakl, Lugones, Mishima, Pizarnik, Hemingway, Plath, Márai y David Foster Wallace, a quien hallaron ahorcado en su casa; un novelista de 46 años que ya en otras ocasiones había pedido que le protegieran de su propia pulsión de quitarse la vida.
Primo Levi le dedica el sexto capítulo de Los hundidos y los salvados al suicidio de Jean Améry. Dice Levi que “su suicidio, como todos, admite una nebulosa de explicaciones”. Esa misma nebulosa se ha empleado después para tratar de explicar el suicidio del mismo Levi, llevado a cabo -al parecer- más para evadir la enfermedad que para huir de las pesadillas memoriosas de Auschwitz. Ocurrió en 1987, aunque con la ambigüedad que muchos suicidas prefieren, de modo que las familias puedan aferrarse a la duda de un accidente: se precipitó por el hueco de las escaleras del edificio donde vivía, en el barrio de La Crocetta, en Turín, sin dejar carta de despedida.
Cesare Pavese es otro homicida de sí mismo, en la misma ciudad del norte de Italia. Esto me llevó a releer páginas de su diario. Ahí, al final, y poco antes de que se matara, dejó escrito: “Los suicidas son homicidas tímidos. Masoquismo en vez de sadismo”. Maupassant, que se murió por enfermedad un año después de intentar suicidarse, lo definió de un modo casi inverso: “El suicidio es el sublime valor de los vencidos”.
Pavese murió en la soledad de un cuarto de hotel, pero hay escritores a los que no les gusta suicidarse solos. Heinrich von Kleist cambió varias veces de novia hasta que al fin una, Henrriette Vogel, aceptó quitarse la vida con él, a orillas del lago Wannsee, cerca de Berlín. Otros suicidas en compañía fueron Arthur Koestler y Stefan Zweig. El primero se fue del mundo en un pacto con su tercera esposa, Cynthia Jefferies. También Zweig lo hizo con su mujer, Lotte Altmann, en Petrópolis (Brasil), donde se había refugiado de las persecuciones a los judíos durante la II Guerra Mundial.
Albert Camus, que murió en un accidente sin ningún viso de suicidio, dejó escrito lo siguiente al principio de El mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.
Algunos escritores, más que cartas, dejan libros completos sobre su ánimo. Henri Roorda terminó Mi suicidio poco antes de matarse. Allí dejó escrito: “Amo enormemente la vida. Pero para gozar el espectáculo hay que ocupar una buena butaca, y en la tierra la mayoría de las butacas son malas”.
Hay quienes se matan tranquilos, planeándolo; otros, en un arranque de autodestrucción. Unos, sobrios; otros, drogados. El poeta Juan Manuel Roca desaconseja que nos matemos borrachos: “Es el problema del alcohol; alguien puede suicidarse y al día siguiente no acordarse de nada”. Es un chiste, pero podría no serlo. Un gran experto inglés en suicidios literarios, A. Álvarez, intentó suicidarse, borracho, una noche de Navidad. Se despertó tres días después sin acordarse de nada, pero con la sensación de que ya sería para siempre un suicida frustrado. También él escribió un estudio estupendo, El dios salvaje.
Creo que la raza de los escritores suicidas, pero indecisos, se ha inventado otro tipo de estrategia para no matarse, y para ni siquiera intentarlo. Me refiero a los escritores que, en vez de dar el salto, trasladan el propio suicidio a sus personajes. Así hizo Shakespeare con Ofelia, Romeo y Julieta; Goethe, con el joven Werther; Tolstói, con Anna, y Schnitzler, con el subteniente Gustl. Es raro, pero si uno suicida a alguien en un libro, se experimenta una muerte que de alguna manera sacia la ansiedad por la propia muerte. Lo sé por experiencia propia.
Otros, en cambio, se despiden con ira. Me gusta la furia final de Chatterton: “Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño”. Piensa uno en los ladrillos de nuestras ciudades, y lo entiende. Supongo que si el cuerpo no tiene el buen gusto de morirse a tiempo, uno tiene el deber de matarse.
Pero mientras llega ese instante de lucidez en las tinieblas habrá que seguir viviendo, aunque tal vez con el mismo sentimiento de culpa que escribió una vez Thomas Bernhard: “Nada he admirado más durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo. Yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo”.
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Comúnmente no leo autores de moda. Prefiero seleccionar escritores poco conocidos para tener algo distinto que sugerir en materia literaria. Hace unos cuantos meses, mientras escudriñaba los estantes de Tecni -Ciencia (faena que ejecuto muy a menudo), encontré un libro cuya portada despertó mi atención. Lo tomé, me fijé bien en la imagen que en éste aparecía (el detalle de las piernas cruzadas de una mujer en falda) y memoricé su título: “Silencio de Blanca”.
Como de costumbre, volteé el libro en cuestión y eché un vistazo a su sinopsis. De inmediato me atrapó y aunque para ese momento no tenía idea alguna de quién era el autor (un tal Somoza), lo compré sin pensarlo dos veces y sin temor a malgastar mi dinero.
Gracias a Dios mi olfato no falló, pues el libro vale mucho más de lo que me costó (no me puedo quejar, invertí escasos Bs.F. 40). Desde ese día estoy enviciado con las novelas de José Carlos Somoza, escritor español nacido en La Habana (1959) y con estudios en psiquiatría. Como muchos cubanos, tuvo que exiliarse junto a su familia por motivos políticos, residenciándose en Madrid y Córdoba, ciudades que lo han visto crecer como autor.
La carrera de Somoza no es producto del azar. Está avalada por años de vocación y premios tan prestigiosos como el Sonrisa Vertical (1996), el Fernando Lara (2001) o el Gold Dagger (2002), entre muchos otros. Su capacidad narrativa ha sido demostrada no sólo en novelas, sino también en relatos cortos, obras de teatro y guiones radiofónicos.
Su brillantez – según mi humilde opinión- radica en la habilidad de estructurar historias inquietantes, con giros dramáticos sorprendentes que envuelven al lector en una atmósfera seductora y un tanto misteriosa. Fusiona ciencia, historia, filosofía, ficción y erotismo en personajes muy bien elucubrados, capaces de estremecer la fibra del lector con sus ejecuciones inesperadas.
He leído tres de sus libros y debo reconocer que Somoza tiene imaginación y ganas de innovar en cada publicación. Ninguno se parece al anterior, aunque todos guardan esa retórica que lo caracteriza. En su mayoría son historias ágiles, carentes de tiempos muertos, con acontecimientos perfectamente dosificados que incrementan la necesidad de conocer qué viene a continuación. Incitan a devorarse las páginas.
Con “Silencio de Blanca”, Somoza me introdujo en un ambiente imaginario y lascivo. Realmente la novela cautiva con la lujuriosa manera de exponer hechos subidos de tono y abrumadores, relacionados extrañamente a los acordes de un piano. En “Cartas de un asesino insignificante”, las conversaciones entre el victimario y la víctima son sencillamente fascinantes e inteligentes, y en “La dama número trece” se vislumbra el intento del dramaturgo por ir más allá de lo comercial, sin dejar de serlo. Sin duda, logra su cometido.
Por todo lo antes expuesto y por muchas otras cosas más, recomiendo la bibliografía de José Carlos Somoza. Les aseguro que no se arrepentirán y si lo hacen, no vayan a lincharme… Nadie los mandó a hacerme caso.
