
Desde el lunes pasado está activo el proceso de inscripción para los estudiantes de postgrado en la Universidad Yacambú. En vez de acudir el primer día para evitar inconvenientes que suelen suscitarse en toda jornada de inscripción venezolana, se me ocurrió la brillante idea de ir ayer, casi finalizando la semana.
Como era de esperarse, encontré caras largas, bostezos a granel y mucha ladilla en el ambiente. La gente estaba obstinada porque el proceso avanzaba a pasos de morrocoy, más lento de lo normal. Ninguno de los presentes sabía la razón de la parsimonia, sólo se limitaban a esperar su turno como si se tratase de un milagro divino.
El número de mi ticket era el 61. Hasta ese momento había entrado la persona con el número 27. Es decir, tenía por delante a 34 víctimas más de la espera. Antes de quejarme por lo que se avecinaba, respiré profundo y opté por sentarme a conversar (actividad que ejecuto a la perfección) con una amiga y así evitar que el aburrimiento se apoderara de mí.
Pasaron los segundos, los minutos, las horas. Y yo ahí, sentado en una silla bastante incómoda, hablando como un loro agarrado por el rabo. Charlé sobre todos los temas habidos y por haber: trabajo, estudios, familia, amor, sexo, política, economía, publicidad, cine, televisión, hasta de béisbol (así estaría de fastidiado). El repertorio de temas para hablar se me agotaba y ni indicios de ser llamado para entregar mi voucher (primer paso de la inscripción).
El sol fue desapareciendo y con su luz, la paciencia. Miré a mi alrededor y estábamos las mismas personas. Ni una más, ni una menos. Nadie había entrado, nadie había partido. El tiempo – ciertamente- avanzaba con inclemencia, pero a la vez parecía haberse detenido en esa escena deprimente y desesperanzada. Los mismos actores, las mismas acciones del principio, ninguna sorpresa.
De repente aparece la mujer encargada del asunto para avisar que se tomaría unos minutitos para merendar, específicamente 60 minutos. ¿UNA HORA para merendar? ¡Caradura! No le encuentro explicación a tal desfachatez. Detener un proceso de inscripción por ir a “meterse una bala fría” (comer alguito) en el lapso de una hora es el colmo de los colmos. Obviamente, la caraja no prestó atención a las quejas de quienes nos molestamos por el abuso. Sin ni siquiera voltear a vernos se marchó a “merendar” con su cara bien lavada.
Tuve que aguantar el descaro de la tipa, no tenía más opción (a menos que hubiese decidido incendiar la universidad o quemarla viva a ella). Gracias a Dios la hora de merienda pasó rápido y volvió a reactivarse la jornada. La cola empezó a caminar, lentamente, pero a caminar. La esperanza regresó a mi cuerpo y retomé las fuerzas necesarias para culminar la misión inicial: inscribir las materias del cuarto trimestre.
Después de cinco horas, logré mi cometido. Además pude entender por qué la lentitud. Resulta y acontece que la UNY destinó un laboratorio como con 15 computadoras para inscribir a la comunidad estudiantil. De las 15 máquinas, únicamente funcionaban DOS. ¡Qué maravillosa planificación! Parecen brutos.
En inscripciones pasadas el movimiento era rápido, había varias computadoras en operación, mucho personal en ejercicio de sus funciones. Este año la botaron de jonrón: poca gente trabajando, un par de computadoras lentejas y un sistema que se “cae” cada cuarto de hora.
¿Cómo ofrecer buen servicio y respuesta inmediata al estudiantado con esos recursos? Absurdo. Con razón la experiencia se convierte en una tortura imposible de olvidar. Ojalá para la próxima sean más previsivos y organizados. Será mucho pedir…

