
Hace un tiempo terminé de leer el libro Delirio, escrito por Laura Restrepo. Como cosa rara, un libro que llegó a mis manos por pura casualidad, pues nunca estuvo en mis planes comprarlo. Había escuchado de su autora, mas no conocía la historia ni los comentarios que ha generado la misma en la atmósfera literaria. De hecho, el día que lo adquirí fui a la librería con la intención de buscar otros títulos, pero terminé llevándome Delirio a casa. Siempre me sucede este fenómeno.
Ahora bien, después de haberlo leído puedo decir que es una historia contada con habilidad y sutileza. Me gustó el enfoque, me gustaron los personajes y, sobre todo, la crítica que hace la escritora a la encopetada sociedad colombiana (no muy distinta a la venezolana).
Buena parte del delirio presente en la trama tiene que ver con las hipocresías en la que se desarrollan nuestras familias latinas, el montón de mentiras con el que rodeamos temas como la vida en pareja, los hijos o la sexualidad, por citar algunos. En el “núcleo” de la historia está la descripción de la técnica más autóctona de la hipocresía y cómo esta habilidad se vuelve hereditaria, cómo se aprende a mentir y, lo peor de todo, a aceptar la mentira oficial como si fuera la realidad.
Delirio es un libro en el cual también aparecen pinceladas de humor y tragedia. Una novela completa en la que surge un cóctel de sentimientos que lo envuelven a uno, como lector, en un torbellino de bajas pasiones. Por algo obtuvo el premio Alfaguara de novela en 2004 y ha sido editada simultáneamente en 18 países y elogiada por José Saramago como “una expresión de todo lo que tiene Colombia de fascinante”.
A pesar de la recomendación que se hace a los escritores de no poner a un loco como personaje central de una narración, porque según Gore Vidal “al no ser el loco moralmente responsable, no habría verdadera historia que contar”, Restrepo hizo caso omiso, siguió su instinto y escogió a una mujer con delirios mentales como protagonista para recrear un universo enigmático, mediante el realismo mágico de una historia que aborda muchos aspectos y no deja ningún cabo suelto.
Por eso el delirio que nos regala la autora, quien también se ha desempeñado como periodista y política, puede ser entendido como el encierro sin palabras, la confusión de tiempos, de lugares, de personas, el odio repentino hacia el amor. Es el silencio y los gritos desmedidos, es Bogotá asediada por el narcotráfico, es una familia dinamitada con silenciador, es la tenacidad del recuerdo. Es delirio en la máxima extensión de la palabra.
Algo que me cautivó de esta novela fue la agilidad con que Restrepo maneja los tiempos narrativos. Va develando episodios inimaginables a lo largo de la lectura y, por medio de saltos temporales, va resolviendo conflictos emotivos y humanos, sin perder el humor y la violencia propia de la novela colombiana.
Además deja una reflexión sobre la vida, sobre la condición humana. Construye personajes con cuerpo, verdades y mentiras, como si fuera una artesana, una escultora. Personajes difíciles, torturados, aberrados, inmersos en sus propias faenas de supervivencia; personajes con realismo y magia, personajes como cualquiera de nosotros.
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Por alguna extraña razón no había comentado este libro. ¿Cuál? No lo sé. Seguramente fue por causa de mi mala memoria, la cual hace que olvide ciertas cosas.
Pero como dicen por ahí, nunca es tarde cuando se trata de algo bueno y el libro del cual escribiré a continuación lo es. Se titula El criterio de las moscas, novela corta escrita por Luis Manuel Ruiz y publicada por Editorial Alfaguara (2000).
Esta obra marca el debut del joven escritor, quien se desempeña como docente de Filosofía y Ética en España. A pesar de ser su primera novela, El criterio de las moscas superó las expectativas de la crítica, obteniendo el primer premio como Novela Corta de la Universidad de Sevilla, además de los elogios de otros escritores que han reconocido el talento y la audacia narrativa de Ruiz.
Un amnésico, un manuscrito renacentista y una secta protagonizan esta intriga adulterada con metafísica. Una novela breve, con ritmo y equilibrada, según comenta su propio autor. “Al escribirla lo más jodido fue hallar el equilibrio, si no lo encuentras caes en una intriga boba o te pones espeso y te sale un bodrio”. (Cita extraída de Internet).
Puede decirse que la dupla formada entre filosofía y misterio es el argumento central de la trama, sin restarle importancia a otros temas como el amor y la muerte, los cuales aparecen a lo largo de la historia y funcionan perfectamente como hilos conductores, aditivos que sazonan la novela.
Casualmente, el personaje principal de la misma también es un profesor de filosofía del Renacimiento, en este caso llamado Matías Belaval, quien sufre de amnesia a causa de un accidente automovilístico. En el afán por reconstruir su pasado, Matías se une a una antigua alumna y empieza a descubrir que la solución que busca sólo puede serle facilitada por formas de criterio radicalmente opuestas a las que ha manejado hasta entonces.
Lo más interesante, y hasta innovador, de El criterio de las moscas es- precisamente- el uso de las moscas como recurso estilístico. En la historia el protagonista está obsesionado con estos insectos voladores, hasta el punto de entender su lenguaje e intentar ver el mundo desde la misma perspectiva de las moscas. Pareciera medio descabellado, pero creo que la utilización de tal recurso le aporta un sólido doble sentido al libro que, en lo particular, me encanta. ¡Buena esa Luis Manuel!
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Comúnmente no leo autores de moda. Prefiero seleccionar escritores poco conocidos para tener algo distinto que sugerir en materia literaria. Hace unos cuantos meses, mientras escudriñaba los estantes de Tecni -Ciencia (faena que ejecuto muy a menudo), encontré un libro cuya portada despertó mi atención. Lo tomé, me fijé bien en la imagen que en éste aparecía (el detalle de las piernas cruzadas de una mujer en falda) y memoricé su título: “Silencio de Blanca”.
Como de costumbre, volteé el libro en cuestión y eché un vistazo a su sinopsis. De inmediato me atrapó y aunque para ese momento no tenía idea alguna de quién era el autor (un tal Somoza), lo compré sin pensarlo dos veces y sin temor a malgastar mi dinero.
Gracias a Dios mi olfato no falló, pues el libro vale mucho más de lo que me costó (no me puedo quejar, invertí escasos Bs.F. 40). Desde ese día estoy enviciado con las novelas de José Carlos Somoza, escritor español nacido en La Habana (1959) y con estudios en psiquiatría. Como muchos cubanos, tuvo que exiliarse junto a su familia por motivos políticos, residenciándose en Madrid y Córdoba, ciudades que lo han visto crecer como autor.
La carrera de Somoza no es producto del azar. Está avalada por años de vocación y premios tan prestigiosos como el Sonrisa Vertical (1996), el Fernando Lara (2001) o el Gold Dagger (2002), entre muchos otros. Su capacidad narrativa ha sido demostrada no sólo en novelas, sino también en relatos cortos, obras de teatro y guiones radiofónicos.
Su brillantez – según mi humilde opinión- radica en la habilidad de estructurar historias inquietantes, con giros dramáticos sorprendentes que envuelven al lector en una atmósfera seductora y un tanto misteriosa. Fusiona ciencia, historia, filosofía, ficción y erotismo en personajes muy bien elucubrados, capaces de estremecer la fibra del lector con sus ejecuciones inesperadas.
He leído tres de sus libros y debo reconocer que Somoza tiene imaginación y ganas de innovar en cada publicación. Ninguno se parece al anterior, aunque todos guardan esa retórica que lo caracteriza. En su mayoría son historias ágiles, carentes de tiempos muertos, con acontecimientos perfectamente dosificados que incrementan la necesidad de conocer qué viene a continuación. Incitan a devorarse las páginas.
Con “Silencio de Blanca”, Somoza me introdujo en un ambiente imaginario y lascivo. Realmente la novela cautiva con la lujuriosa manera de exponer hechos subidos de tono y abrumadores, relacionados extrañamente a los acordes de un piano. En “Cartas de un asesino insignificante”, las conversaciones entre el victimario y la víctima son sencillamente fascinantes e inteligentes, y en “La dama número trece” se vislumbra el intento del dramaturgo por ir más allá de lo comercial, sin dejar de serlo. Sin duda, logra su cometido.
Por todo lo antes expuesto y por muchas otras cosas más, recomiendo la bibliografía de José Carlos Somoza. Les aseguro que no se arrepentirán y si lo hacen, no vayan a lincharme… Nadie los mandó a hacerme caso.
