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La delincuencia venezolana está encaprichada con los comunicadores sociales. Nuevamente asesinan a uno del gremio, esta vez en Valencia, estado Carabobo. La víctima fue el periodista Orel Sambrano, locutor de Radio América y columnista de Notitarde.
Al parecer, el comunicador social estaba justo frente al Colegio Calazans cuando fue interceptado por un sujeto que le disparó a corta distancia. Obviamente la hipótesis del sicariato encabeza la lista de posibles causas del deceso, sin embargo, los organismos de seguridad de ese estado todavía no han ofrecido sus apreciaciones al respecto.
Sambrano es el segundo periodista venezolano asesinado en 2009. El primero, cabe recordar, fue Jacinto Elías López, barquisimetano, egresado de la UFT.
Con noticias así es oportuno preguntarse: ¿Qué está sucediendo en Venezuela? ¿Acaso los derechos humanos emigraron del país, como lo hacen cada día más compatriotas?
Este caso, uno más del montón, demuestra que la inseguridad se anota un punto en su empeño por acabar con los venezolanos. Mientras tanto, otra familia criolla queda sin un integrante y sin una repuesta contundente de parte de los gobernantes, quienes diariamente se lucen haciendo peor su trabajo.
No hay gobernabilidad, mucho menos seguridad. Cada vez es más peligroso salir a la calle porque las garantías escasean. Así están las cosas en mi país, tu país, nuestro país.
Que Dios nos agarre confesados, como dicen las abuelas.
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Nuevamente el gremio se enluta a causa de actos vandálicos. ¡Qué desgracia!
Cuando supe la noticia quedé atónito. Me costó asimilarla por tratarse de un conocido. Ahora que han transcurrido los días siento un poco de rabia por lo sucedido. Jacinto Elías López Velazco no merecía un destino como el que tuvo. Lamentablemente el joven comunicador, a quien conocí en los pasillos de la UFT, falleció en extrañas circunstancias, a manos de la delincuencia que reina en este pueblo con ínfulas de urbe. En el violento hecho también resultó herido Ricardo Marapacuto, un excelente fotógrafo y amigo de la universidad.
Los principales diarios regionales reseñaron lo acontecido el pasado jueves primero de enero. Al parecer ambos colegas se desplazaban por el centro de Cabudare, municipio Palavecino, cuando fueron interceptados por unos sujetos portando armas de fuego, quienes los amenazaron y se los llevaron hasta un lugar desconocido para dispararles.
Jacinto recibió varios impactos de bala en su cuerpo, quedando mortalmente herido, y falleció a los pocos minutos de haber ingresado a un centro asistencial ubicado en el vecino municipio. Ricardo corrió con mejor suerte, sigue vivo, pese a haber recibido dos disparos, uno de los cuales se le alojó en la mandíbula.
Sé que episodios así ocurren diariamente en la ciudad, en el país. No es nada nuevo, más bien es rutina toparse con cosas como ésta en la sección de sucesos. Pero este episodio en particular me afecta porque conocí/conozco a las víctimas y nunca esperé que alguno de ellos viviera tan lamentable experiencia.
Con esta pérdida, una vez más queda demostrado el autoritarismo que tiene la delincuencia en la sociedad venezolana. La violencia, el hampa y la impunidad están a la orden del día. Los gobernantes no hacen un carajo, el pueblo tampoco. Hemos asumido una actitud extremadamente pasiva y resignada ante los hechos. Nos conformamos con llorar a los desaparecidos y criticar las medidas (no) asumidas por el Gobierno; mientras esperamos que nos toque el momento de ser víctimas de gente sin escrúpulos.
Esta situación genera impotencia, arrechera. No es justo que un chamo tan joven y con tanto talento para las artes gráficas (especialmente para la fotografía) como Jacinto, hoy no esté entre nosotros por culpa de hampones desmedidos. ¿Hasta cuándo dejaremos que la delincuencia nos arrebate a los seres queridos? Esa es la pregunta del premio gordo.
Ahora sólo puedo expresar mi pesar a través de este blog. No era gran amigo de Jacinto, pero sí tuve la oportunidad de tratarlo, hablar con él, constatar que era un buen tipo. Ojalá Dios lo reciba y le brinde el descanso que merece.
Paz para su alma y fuerza para quienes seguimos en la lucha por sobrevivir. Porque, sin duda, en Venezuela no existe vida, sino supervivencia.
