Posteado por: desparpajado | 07/06/2009

Un café para Elba Escobar


cafe

Hace una semana, la agencia para la cual trabajo presentó en Barquisimeto el monólogo “Mi marido es un cornudo”, protagonizado por la primerísima actriz Elba Escobar.

Como era de esperarse, el día del estreno estuvo repleto de  carreras e imprevistos. Formé parte del equipo organizador, estuve a cargo del contacto con los medios de comunicación  y  del recibimiento del equipo que conforma la obra (productora, director, asistentes y  Elba, por supuesto). Yo, obviamente,  feliz con las tareas asignadas, pues me encanta el teatro  y la organización de eventos especiales. Es una nota estar pendiente de los detalles, resolver ante algo inesperado, estar tras bastidores, etc. De pana, me tripeo mucho la vaina.

Ese viernes desde muy temprano anduve  de aquí para allá y de allá para acá, afinando detalles. A mediodía fui para el  aeropuerto de Barquisimeto  (ese que llaman INTERNACIONAL) a buscar  a la asistente de producción, quien fue la primera en pisar  tierras crepusculares. Luego nos reunimos con el director y uno de los técnicos para almorzar y conversar un poco acerca de la obra y otros proyectos. Al terminar salimos disparados para el Teatro Juares, con la comida todavía en el buche, a cuadrar iluminación, escenografía y sonido.

A eso de las 3:00 p.m. tuve que ir a comprar el refrigerio que estaría en el camerino de Elba, para después cambiarme en mi casa, volver al aeropuerto  y darle la bienvenida a nuestra invitada especial. Aún no sé cómo me dio tiempo de hacer todo eso. Casi automáticamente compré las frutas, los embutidos y las bebidas (agua y Gatorade) que había solicitado la producción del monólogo.  Cancelé en caja, después de una estresante cola (como cosa rara en este país), y me “teletransporté” a mi humilde morada. Llegué, me eché un bañito de pájaro y a los cinco minutos volví a “coger calle”, esta vez rumbo al terminal aéreo.

Tal cual lo imaginé, el avión que  traía a Elba arribó a la ciudad con varios minutos de retraso. Así que, en consecuencia, no puede llevarla al hotel donde se hospedaría, sino que fuimos directo al teatro. Por lo menos en el trayecto puede conversar con ella, muy chévere la señora.

Una vez en el Juares, Elba se encerró en el camerino para prepararse y yo empecé a ayudar al resto de  mis compañeros, quienes estaban organizando todo para cuando el público llegase. La gente comenzó a aparecer como a las 6:30 p.m. A las 7:00 p.m.  ya se habían formado las respectivas colas para entrar a  galería y patio, y media hora después la multitud comenzó a aplaudir para entrar al recinto. Al parecer, los barquisimetanos no saben esperar.      

Como a las 8:15 p.m.- cuando todo mundo estaba sentado, a la expectativa por  la función- me avisaron que Elba quería CAFÉ NEGRO SIN AZÚCAR antes de salir al escenario. ¡DIOS! Se podrán imaginar el ataque que casi me da. El teatro a reventar, las personas desesperadas por  apreciar, en vivo y directo,  el talento de Escobar y yo buscando un lugar donde vendieran café negro SIN AZÚCAR.   

“¡Coño de la &/%&%&!” fue lo primero que dije en mi mente. Pero como en ese instante no podía darme el lujo de reprochar a quienes debieron preguntar con tiempo cuáles eran las exigencias de Elba, ya que debía actuar con rapidez y eficiencia para buscarle solución al problema, me tragué mis palabrotas y activé  el modo “con calma” de  mi sistema nervioso. Gracias a Dios frente al teatro queda una panadería. Gracias a Dios esa panadería estaba abierta   y  pude encontrar café negro sin azúcar.

Compré dos  de los grandes (más vale prevenir que lamentar), crucé el paso peatonal con ellos en las manos sin que se me botara ni un poquitico (toda una muestra de equilibrio en plena carrera 19) y arranqué a recorrer todos los pasillos que me condujesen al camerino de Elba Escobar.

Para mi desgracia,  todas las puertas que me llevaban al camerino estaban cerradas. Minutos antes de la obra se había dado la orden de clausurar todas las vías de acceso interno  para evitar inconvenientes y coleados. Pues bien, me quedaban solamente dos opciones para cumplir mi labor y entregar el bendito café: pasar por todo el centro del escenario y atravesar el telón,  o subir hasta el último piso del teatro (a patica) para luego bajar por la única escalera que estaba disponible. Por cuestiones de protocolo, opté por la segunda opción.

Casi trotando  subí los escalones, en el camino boté la mitad de un café. No me importó y seguí adelante. Crucé a la derecha, luego a la izquierda, atravesé par de puertas, volví a girar a la derecha, bajé varias escalinatas  y en ese melodramático laberinto  estuve como cinco minutos más hasta llegar a la meta: el fulano camerino. Sudado, jadeando y casi sin voz, toqué la puerta y cumplí con la misión que parecía casi imposible. ¡Uffff qué alivio!

Fue entonces cuando el alma volvió a mi cuerpo y pude respirar con calma. Creo que jamás había bajado y subido tantas escaleras en un solo día. De no ser porque me mantengo delgado, no hubiese podido realizar tal maratón. Gajes del oficio dirían por allí. Anécdotas para relatar dirían por allá.

 Ya descansado, bajé nuevamente a patio y me dispuse a ver la obra en primera fila, PARADO pero en primera fila. Me lo merecía después de tanto ajetreo ¿no?

*Imposible no comentar que  Elba Escobar se la come en “Mi marido es un cornudo”. Demuestra versatilidad, dominio y talento. Hace gala de su capacidad histriónica durante una hora y algo. Actúa, canta y baila. Nos hace  reír y reflexionar. Toda una veterana en escena. Definitivamente, un excelente trabajo y un buen monólogo. Mis respetos para Elba.  

 


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