Posteado por: desparpajado | 28/11/2009

El efecto tequeño


No existe pasapalo en el mundo que supere al tequeño. Por más fino o exótico que sea, ningún otro entremés se iguala al trozo de harina de trigo frito y relleno de queso blanco. No lo digo yo, lo demuestra el común denominador.

Ayer, por ejemplo, la agencia donde trabajo realizó un brindis para celebrar una nueva alianza comercial. Al evento asistieron distinguidas personalidades del mundo de la publicidad y el mercadeo regional, además de destacados empresarios y descendientes  de apellidos pesados que se creen dueños de la ciudad (sí, los mismos que viven aparentando lo que no son).   

En fin, al grano. Los mesoneros iniciaron su ronda repartiendo carpaccio y vino. Los presentes degustaron el aperitivo delicadamente, con pequeños mordiscos que parecían caricias. El glamour prevaleció ante todo.

Al rato, comenzaron a verse bandejas con pinchos de carne. El comportamiento humano  empezó a cambiar. Ya no eran los mesoneros quienes se acercaban a los invitados, eran los invitados quienes hacían señas a los mesoneros para pedir una segunda y tercera ronda de pedacitos de carne.

Sin embargo, a pesar del apetito que despierta la carne, las personas mantuvieron su compostura. Pero el  teatro duró poco. Cuando salieron los tequeños a pasear por la terraza, todos enloquecieron (o enloquecimos). Las sonrisas brotaron en los rostros como si hubiese sucedido algo asombroso, maravilloso. En cuestión de segundos las bandejas fueron asaltadas, quedando absolutamente vacías. Los mesoneros  iban y venían, sacaban tequeños como si estuvieran en una verbena.

Desde ese momento, en la reunión no se comió otro alimento que no fuese tequeño. Por lo visto, los tequeños hicieron olvidar el protocolo, el qué dirán. Millonarios y no millonarios, actuaron (o actuamos) de la misma manera. Todos dispuestos a matar el hambre y encaminados hacia el mismo objetivo: la bandeja de tequeños.

Definitivamente, este platillo sirve para unir clases sociales.   

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