Posteado por: desparpajado | 14/04/2010

Carta a mi otro yo


Barquisimeto, abril de 2010

A mi otro YO:

Antes de comenzar mi Cadena Nacional por escrito, debo confesarte algo: te amo y te odio al mismo tiempo. Lo siento, no podía callarlo más.

Sabes que soy frontal. No me gustan las medias tintas. Lo mío es blanco o negro, sí o no. Así de radical. Por eso, en esta carta, seré más claro que el agua. Estás advertido.

Tenemos más de 25 años con esta relación agridulce. Tratando de ser felices, aunque en el intento saquemos los trapitos al sol y reneguemos el uno del otro.  Nos conocemos bastante bien y si deseamos seguir adelante con lo nuestro, creo que debemos poner los puntos sobres las íes y escupir lo que nos hemos tragado por respeto, miedo o costumbre (cualquiera de las tres opciones aplica), a fin de llevar la fiesta en paz. Es el momento. Aprovechemos esta irrepetible oportunidad, única para televisión.

A pesar de vivir (y sobrevivir) atrapados en el mismo cuerpo desde hace años, hemos cambiado con el paso del tiempo. Desconozco si para bien o para mal, pero lo hemos hecho. Ya no somos los mismos de antes. Tú no eres el niño modelo que obedecía las órdenes de sus padres y acataba las normas impuestas por la sociedad. Aquel tripón comedido que no decía “palabrotas” en la calle porque atentaba contra el Manual de Carreño.

En lo que respecta a mí, no soy el carajito temeroso de quien se burlaban por caminar de puntillas. ¿Recuerdas? Tampoco quedan rastros del muchachito alérgico y asmático que no se arriesgaba a probar algún alimento extraño por miedo a enfermarse y terminar hospitalizado, como era costumbre.

Cada uno fue madurando y esculpiendo su propia personalidad, hasta llegar a ser lo que somos hoy en día: dos caras de una misma moneda. Durante ese proceso, nos han admirado y criticado. Ambos hemos protagonizado episodios de amor y dolor, siendo víctimas y victimarios. Como cualquier personaje de Leonardo Padrón, hemos amado, odiado, reído y llorado. Fuimos, somos y seguimos siendo guionistas de nuestra historia, ésa que – pese a no tener mucho rating- continuamos escribiendo capítulo a capítulo, a la espera del insólito final.

Entonces, si sabemos que estaremos juntos hasta que la muerte nos separe, puesto que compartimos el mismo destino, por qué no hacer de la convivencia una experiencia agradable. No digamos orgásmica, no pido un milagro. Me conformo con que sea divertida.

Pues bien, esta vez seré yo quien ceda. Te propongo hacer una tregua y empezar desde cero. Eliminemos los archivos del disco duro y repotenciemos nuestra relación, diciéndonos las cosas como son. Creo firmemente en el dicho que reza “cuentas claras conservan amistades”.

No nos caigamos más a embustes… Ya basta de ser diplomáticos. Sé que odias mi desorden, que no te gusta mi cuarto “patas pa’ arriba”. Tampoco soportas que coleccione muñequitos de la Cajita Feliz, que cante y desafine, que deje el paño mojado encima de la cama o que pase más de una hora frente al espejo peinándome. Detestas mi impuntualidad, mis ironías a la orden del día, mis depresiones repentinas, mi flojera matutina y mi adicción a la Coca- Cola.

También sé que condenas mi maldito perfeccionismo y mi apego a las cosas materiales. Criticas mi manera fría de ver la realidad y mis ganas de ser joven eternamente. Desearías que fuera tierno y cariñoso, pero como soy irónico y desparpajado, te arrechas en silencio. ¿Creías que no lo notaba?

Yo, en cambio, no soporto tu poca afición por el deporte, tu orgullo y egocentrismo. Me caes mal cuando empiezas con discursos existencialistas o cuando dejas que la razón domine a la emoción. Me molesta de sobremanera que escondas tu sensibilidad detrás de la fachada del “chico malo”. ¿Por qué lo haces? ¿Para no demostrar que eres un ser humano vulnerable? Pareces tonto.

A veces me estorba la colección de libros, revistas y películas que tienes en la habitación; al igual que el montón de bolsos que guindan de las paredes porque no caben en ningún otro lugar. Me fastidia tu manía de olerte el labio superior o morderte la parte interna de la boca mientras ves televisión. No entiendo tu gusto por las bufandas, pasamontañas y chaquetas (ni que vivieras en Europa). Menos, tu obsesión por las mujeres con rostros de “niña buena”.

Pero pese a tantos defectos y diferencias, te quiero (como lo afirmo al principio). Y tú también me quieres –reconócelo- porque en el fondo somos igualitos, cortados con la misma tijera. Nos creemos autosuficientes, invencibles e indivisibles. Juntos somos una fuerza indetenible, capaz de lograr lo que nos proponemos. Somos de temer, ya que formamos un TODO digno de alabar o despreciar. Sabemos hacia dónde vamos y por dónde ir. Tenemos fe en lo que hacemos y eso nos permite ser mejores cada día.

¿Ahora entiendes cuando digo que nos complementamos? Como el Ying Yang. Uno es el chico bien y el otro el rebelde sin causa. Unidos, mantenemos el equilibrio de una misma persona. Y es por esa persona que escribí esta carta.

Entonces, ¿para qué seguir peleando? Mejor dame esos cinco y dejemos el drama a Lupita Ferrer. ¿Sí va?

Atentamente, YO.

P.D. Nos vemos más tarde cara a cara,  frente al espejo.

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Responses

  1. TU:
    estuve checando tu blog y me gusta lo q escribes, principalmente este post.

    Te sigo escribiendo

    Atte. YO


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